Inga oye que hay una exposición en el MoMA, recuerda que el museo está en la calle 53 y va. Otto tiene Alzheimer y lleva a todas partes una libreta donde anota lo que aprende; la consulta, lee «calle 53» y va. Andy Clark y David Chalmers (1998) sostuvieron que ambos creían dónde estaba el museo antes de recordarlo o consultarlo: la libreta de Otto cumple el papel de la memoria de Inga. De ahí su principio de paridad: si algo fuera de la cabeza hace un trabajo que, hecho adentro, llamaríamos cognitivo sin dudar, es parte del proceso cognitivo. La mente no termina en el cráneo.
No cualquier herramienta cuenta. En el caso de Otto, la libreta está siempre presente, la información es accesible sin dificultad, la acepta automáticamente al leerla y la anotó él mismo en su momento. Los autores ya advertían que internet probablemente fallaría varias de esas condiciones, salvo para quien dependiera mucho de la computadora, la manejara con soltura y confiara en ella. Adams y Aizawa (2001) respondieron con la falacia del acoplamiento y la constitución: que un proceso esté causalmente acoplado a algo externo no lo vuelve parte de la cognición.
La tesis se volvió cotidiana con la IA. Del lado humano, un asistente conversacional podría ser la libreta de Otto; Clark (2025) ha extendido la idea a la IA generativa. Pero la condición de aceptar automáticamente lo que dice el recurso es justo la que las alucinaciones vuelven peligrosa. Del lado de la máquina, un sistema RAG separa memoria paramétrica (los pesos) y no paramétrica (un índice de documentos) (P. Lewis et al., 2020, sec. 1), y un agente con herramientas, archivos de memoria y búsqueda web reparte su cómputo entre la red y el entorno.
La pregunta de Clark y Chalmers se vuelve técnica: ¿dónde termina un agente artificial, en sus pesos, en su ventana de contexto, en su base vectorial o en internet? ¿Y dónde terminamos nosotros cuando pensamos con uno de ellos?