Para el inferencialismo, comprender un concepto es dominar en la práctica las inferencias en que interviene: saber qué se sigue de aplicarlo y de qué se sigue. El loro entrenado para decir «eso es rojo» no comprende nada, porque no trata esa respuesta como incompatible con «eso es verde» ni como consecuencia de «eso es escarlata» (Brandom, 2000, p. 48). (No es el loro estocástico, pero el parentesco es tentador.) Las inferencias que confieren contenido son materiales: de «Pittsburgh está al oeste de Princeton» a «Princeton está al este de Pittsburgh» (2000, p. 52).
Un LLM, a diferencia del loro, sí parece seguir esos patrones. Arai y Tsugawa (2025) sostienen que la semántica inferencial describe a los LLMs mejor que la distribucional, e incluso leen la retroalimentación del RLHF como una forma de sanción normativa (2025, sec. 8); ellos mismos señalan tensiones: la distinción entre seres sapientes y sintientes, y el compromiso proposicional del inferencialismo frente al procesamiento subsimbólico (2025, sec. 9).
La cautela es necesaria porque, para Brandom, el papel inferencial es normativo: la práctica discursiva es un registro deóntico (deontic scorekeeping) de los compromisos y las autorizaciones (entitlements) que cada interlocutor reconoce y atribuye (Brandom, 2000, p. 81). Y las teorías que reducen normas a regularidades corren el riesgo de no distinguir «between what is done and what is correct or ought to be done» (entre lo que se hace y lo que es correcto o debe hacerse) (Brandom, 1994, p. 41). Un modelo que aprende qué inferencias suelen hacerse, ¿asume compromisos, o solo reproduce su huella estadística?