El punto de partida filosófico es el niño que se ahoga de Peter Singer (1972): si podés salvarlo embarrándote la ropa, debés hacerlo, y la distancia no cambia nada. A fines de los 2000, GiveWell comparaba organizaciones benéficas por costo-efectividad, Giving What We Can, de Toby Ord, pedía donar al menos el 10 % de los ingresos, y 80.000 Hours aconsejaba carreras, incluida la de «ganar para donar». El nombre se votó en 2011. Las causas se priorizan por importancia, tratabilidad y desatención.
El giro hacia la IA vino con el largoplacismo, término acuñado hacia 2017 por William MacAskill y Toby Ord: influir positivamente en el futuro a largo plazo es una prioridad moral clave de nuestro tiempo, porque las personas futuras podrían ser muchísimas. Si es así, reducir un riesgo existencial en una fracción mínima vale más que casi cualquier otra causa. En The Precipice (2020), Ord estimó en una en seis la probabilidad de una catástrofe existencial en este siglo, y en una en diez la debida a una IA desalineada. El movimiento se superpone con los racionalistas, y en campos chicos como la seguridad de la IA buena parte del financiamiento vino de sus donantes, como Open Philanthropy; el doomerismo tiene ahí una de sus cunas.
Después llegaron las crisis. En noviembre de 2022 quebró FTX, cuyo fundador, Sam Bankman-Fried, era el donante estrella del movimiento; en 2024 fue condenado a 25 años de prisión por fraude. Un año después de la quiebra, en la crisis de OpenAI, los vínculos de dos consejeras con el movimiento lo pusieron otra vez en el centro. Las críticas de fondo son varias: que multiplicar probabilidades minúsculas por valores astronómicos invita a ser extorsionado (ver El basilisco de Roko), que se prefiere la filantropía al cambio institucional, y, según Gebru y Torres (2024), que forma parte del paquete ideológico «TESCREAL». ¿Puede un cálculo de valor esperado sobre billones de vidas futuras orientar decisiones presentes?