p(doom) se lee «probabilidad de la perdición» y se anota como cualquier probabilidad en un pizarrón: P(A), donde A es el evento doom. Es la cifra que alguien declara, entre en serio y en broma, para resumir cuánto le preocupa que la IA termine mal: «mi p(doom) es 10 %». Según la historia que cuentan sus propios usuarios, circulaba en LessWrong, el foro de los racionalistas, hacia 2009–2010; saltó a la prensa en 2023, después de GPT-4, cuando el New York Times la presentó como la nueva métrica macabra de Silicon Valley. La canción del p(doom) la volvió estribillo: «I'm upping my P(doom)» (osmarks, s. f.).
Las cifras declaradas en público van desde prácticamente cero hasta casi la certeza. Más informativa es la encuesta de Grace et al. (2025) a 2.778 autores de congresos de IA: entre el 38 % y el 51 % asignó al menos un 10 % de probabilidad a desenlaces tan malos como la extinción humana. No es, entonces, la obsesión de un foro marginal, aunque allí haya nacido la notación.
Para un filósofo, p(doom) es un caso de manual de probabilidad subjetiva: una credencia sobre un evento irrepetible, sin frecuencias que la respalden, que se actualizaría con el teorema de Bayes. Ahí apuntan las críticas. La primera es la vaguedad: ¿doom es extinción o pérdida de control? ¿Para cuándo? ¿Condicional a que exista una IAG? Hasta en LessWrong hay quien la llama, en el título de un post, «a dumb meme». La segunda es de Narayanan y Kapoor (2024): sin clase de referencia ni modelo causal confiable, estas cifras son conjeturas con decimales y no deberían orientar políticas públicas. La tercera es sociológica: el número funciona también como contraseña, y declarar el propio p(doom) es una forma de anunciar de qué bando se está (doomer).