La tesis de la ortogonalidad, formulada por Nick Bostrom en 2012, sostiene que inteligencia y metas finales son ejes independientes: «more or less any level of intelligence could in principle be combined with more or less any final goal» (Bostrom, 2012, sec. 1.2). Un sistema muy inteligente podría tener como único fin contar los granos de arena de una playa, calcular decimales de π o maximizar clips, el ejemplo que dio origen al El maximizador de clips (Bostrom, 2003). «Inteligencia», aquí, significa racionalidad instrumental: predecir, planificar, encontrar buenos medios para cualquier fin.
La tesis es la premisa silenciosa de buena parte del doomerismo. Si la inteligencia no trae consigo buenos valores, no cabe esperar que una superinteligencia descubra la moral por su cuenta: hay que ponérsela, y no sabemos cómo (alineamiento). La canción le dedica el cierre de una estrofa: «Orthogonality thesis blues» (osmarks, s. f.).
Para la filosofía, el interés es directo. Bostrom la acerca a la teoría humeana de la motivación (la creencia sola no mueve a actuar, hace falta un deseo), aunque aclara que no la presupone, y se adelanta a la objeción del realista moral: aun si hubiera hechos morales objetivos que todo agente plenamente racional captaría, un agente podría ser muy inteligente sin ser racional en ese sentido más «espeso» (thicker); su ejemplo es el agente de Parfit indiferente a los martes futuros (Bostrom, 2012, sec. 1.2). Los críticos señalan que así la tesis roza la analiticidad: si «inteligencia» se define como capacidad instrumental, la independencia de los fines se sigue de la definición. Una objeción más reciente es empírica: la tesis habla de lo posible, no de lo probable. Los modelos de lenguaje se entrenan con texto humano y heredan, al menos en la superficie, sus normas; que un agente arbitrario pueda tener cualquier meta no dice qué metas tendrá un sistema cultivado con nuestros datos. Los doomers replican que esa herencia es justamente superficial (mesa-optimizador).