Artificial general intelligence (IAG, aunque casi todos dicen AGI) designa una IA capaz de igualar o superar a los humanos en la mayoría de las tareas cognitivas, en contraste con la IA «estrecha» que hace bien una sola cosa, como jugar al Go o traducir (M. Mitchell, 2019, ch. 3). El término lo usó Mark Gubrud en 1997 y lo popularizaron a comienzos de los 2000 Shane Legg y Ben Goertzel, pero la ambición es tan vieja como el campo: en 1970 Marvin Minsky pronosticaba, para dentro de tres a ocho años, una máquina con la inteligencia general de un humano promedio (Chollet, 2021, sec. 1.1.7).
En San Francisco, AGI es a la vez programa de investigación, promesa comercial y cláusula contractual. La carta fundacional de OpenAI (2018) la define como sistemas muy autónomos que superan a los humanos en la mayor parte del trabajo económicamente valioso: un criterio de mercado, no cognitivo. Según The Information (diciembre de 2024), el contrato con Microsoft la ataba además a generar 100.000 millones de dólares de ganancias, quizá la definición más operacional de la historia de la filosofía de la mente. Google DeepMind propuso graduarla en «niveles» de desempeño y generalidad (Morris et al., 2024), y un informe de Microsoft Research creyó ver sus primeros destellos en GPT-4 (chispas de AGI) (Bubeck et al., 2023). La canción lo convierte en piropo: «I see sparks of AGI in your eyes» (osmarks, s. f.).
Las objeciones apuntan a la G. ¿Existe una inteligencia general, o solo un racimo de habilidades? Mitchell cita una fórmula elocuente: una pila de inteligencias estrechas nunca suma una inteligencia general, porque lo que importa es la integración (M. Mitchell, 2019, ch. 3). Chollet recuerda que, por el teorema de No Free Lunch, nada es general en sentido absoluto; la inteligencia humana quizá sea amplia pero ad hoc, lo que haría de la IA una empresa antropocéntrica (Chollet, 2019, sec. II.1.2) (ver medir la inteligencia). Y está el arco que se corre: cada logro deja de contar como «verdadera» inteligencia apenas se alcanza, acusación que Santelli (2026) recoge contra los últimos defensores de las objeciones de principio, como Gary Marcus.