La singularidad tecnológica es el momento hipotético en que la inteligencia de las máquinas supera a la humana y el futuro se vuelve imposible de prever desde acá, como el interior de un agujero negro para un observador externo: de ahí la metáfora tomada de la física. La primera mención conocida es de Stanisław Ulam, que en 1958 recordaba una conversación con John von Neumann sobre un progreso técnico que parecía acercarse a «some essential singularity» en la historia de la especie (Ulam, 1958). El nombre lo fijó el matemático y novelista Vernor Vinge en 1993: «Within thirty years, we will have the technological means to create superhuman intelligence» (Vinge, 1993). Ray Kurzweil le puso fecha (2045) y la convirtió en un programa de optimismo exponencial (M. Mitchell, 2019, ch. 3).
El motor conceptual es la «explosión de inteligencia» de Good: una máquina ultrainteligente podría diseñar máquinas mejores, y así sucesivamente (Good, 1966, p. 33) (ver FOOM y automejora recursiva). En la canción llega sin aviso, después de un entrenamiento tranquilo: «But now the singularity's begun» (osmarks, s. f.).
Hoy el término suena algo anticuado en San Francisco, donde se prefiere hablar de IAG, de «despegue» (takeoff) o de superinteligencia; basta recordar que MIRI se llamó Singularity Institute hasta 2013. Las críticas vienen de dos lados. Uno es la fe en las curvas exponenciales: Mitchell cuenta que Andrew Ng ponía los ojos en blanco al oír hablar de Kurzweil, y cita al periodista Andrian Kreye, que la llamó «nothing more than the belief in a technological Rapture» (M. Mitchell, 2019, ch. 3). El otro es su estructura escatológica: una fecha, un umbral, una humanidad transfigurada. Que la singularidad se parezca tanto al Punto Omega de Teilhard no es casual, y Santelli (2026) recuerda que las profecías inespecíficas ya defraudaron demasiadas veces como para confiar en otro movimiento mesiánico.